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Por Adrián Ruíz de Chávez

Terminaremos con este artículo la serie de reflexiones que siguen al filósofo Jean Guitton, en torno a los atributos personales de los buenos gobernantes o dirigentes de empresa: Ser hombres (o mujeres) de pensamiento, de acción y de profunda vida interior.

Frecuentemente se oye decir que la calidad de los resultados de una empresa y, consecuentemente, la calidad de la empresa misma, será directamente proporcional a la calidad de los hombres y mujeres que la dirigen. Ahora bien, ¿qué significa la “calidad” de los dirigentes de la empresa? Dicho de otro modo, ¿qué significa calidad de una persona? El concepto de fondo es muy claro: Estamos hablando de calidad humana.

Desde luego, habrá que referirse a ciertas áreas de dominio técnico: Que la persona en cuestión tenga capacidades de logro, de transformación eficaz del mundo en el que vive. Que sea un buen profesional, que tenga oficio. De modo que los vendedores sean buenos vendedores, los contadores buenos contadores y los estrategas empresariales buenos estrategas empresariales. Pero claramente no basta.

Un buen ejercicio consiste en preguntar a un grupo de personas qué cualidades pedirían que tuviera el jefe ideal con quien les gustaría trabajar. Puede sorprender que la lista se construya en torno a palabras como las siguientes: Que sea honesto, que tenga humildad, que sea íntegro, que se interese en mí como persona, que le guste enseñar, que sea respetuoso y amable, que se solidarice con el equipo, que “se ponga el overall” y “baje a la trinchera”, que sea buena persona, que tenga sentido del humor, que tenga mente abierta, que esté dispuesto a aprender, etc.

Llama la atención que en esta lista, los posibles colaboradores no piden carácterísticas Summa Cum Laude en rendimiento académico en universidades del tipo Harvard o Yale. Piden una buena persona. Competente, ciertamente, pero mucho más.

La calidad de la buena gestión directiva, se ve claramente, tiene mucho más que ver con la ética que con otra cosa: Estamos hablando de que el buen jefe, sencillamente, ha de ser, sobre cualquier otro atributo, un hombre de virtud. ¿Qué significa esto?

El término virtud se deriva del latín virtus, que se traduce como fuerza: Las virtudes son hábitos buenos de comportamiento que nos hacen fuertes interiormente (y más aptos para hacernos cargo de los problemas múltiples de la vida). Son virtudes la prudencia, la fortaleza, la justicia, la templanza, la alegría, la amabilidad, el deseo de superación, el trato respetuoso a los otros, la honestidad, la humildad y la congruencia.

¿Cómo se llega a ser virtuoso? Como diría Jean Guitton: Cultivando la vida interior; haciéndose cargo del espíritu. Que es verdad que “no sólo de pan vive el hombre” (Mt 4, 1-11), frase que se completa, en el Evangelio cristiano, con “sino de aquello que sale de la boca de Dios”. La oración, el diálogo interior, la búsqueda de Dios y de la trascendencia, la puesta en paz de las diversas inquietudes del alma: Todo ello es la cimentación de la vida virtuosa… y del buen management.

No es pues de extrañar que sean cada vez más las empresas (sobre todo en Europa y Norteamérica) que promueven prácticas orientadas en este sentido: Desde retiros de meditación hasta –me ha tocado verlo- retiros espirituales.

Cito al Maestro Guitton: “Todas las épocas han tenido sus lagunas y errores. Si me preguntaran cuál es la falla mayor de la nuestra, yo respondería que es la confusión y la inversión de los valores”. («Toutes les époques ont leurs lacunes et leurs erreurs.

Si l’on me demandait quel est le défaut majeur de la nôtre, je répondrais que c’est la confusion et le renversement des valeurs.»)
Pongamos a la vida interior sobre la exterior, a los valores espirituales y éticos sobre los valores materiales. Esta es la esencia de la buena vida humana, a cuyo servicio están las empresas de negocios también.

Hasta la próxima.





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