
Por Adrián Ruíz de Chávez
Hace algunos años, la revista Newsweek publicó un estudio especial sobre calidad de vida en el trabajo, intitulándolo “Work is hell”
En dicho estudio, lanzaba datos que llamaban la atención como los siguientes: 77 por ciento de personas entrevistadas señalaban experimentar mucha tensión en el trabajo; un 77 por ciento, también, se manifestaba preocupado por la forma en que su trabajo afectaba su vida familiar y 64 por ciento declaraban sentir que su rendimiento era peor del posible debido a una mala comunicación con su jefe directo.
Por otro lado, un directivo de una prestigiada compañía multinacional con operaciones en México, durante una sesión de coaching hacia finales del 2006, se lamentaba que su jefe buscaba “motivarlo” diciéndole “¡No te veo lo suficientemente paranóico!”.
Seguramente habría leído el texto de Andy Grove “Only the Paranoids Survive”, penoso aunque atinado manifiesto de la sociedad neurótica de nuestro tiempo. Por si fuera poco, una publicación especializada apuntaba una estimación: Se cree que poco más del 60 por ciento de top managers en empresas AAA manifiesta algún trastorno de personalidad de cierta significación (ansiedad, depresión, brotes paranoides –en efecto-, etc.).
Una pregunta relevante dentro de este asunto es si la agresiva competencia en los mercados y la intensa globalización de procesos y capitales, con los consecuentes impactos sobre las estructuras de costos y el temple de los ejecutivos, explican los datos mencionados. ¿Acaso la calidad de vida en el trabajo tiene necesariamente que decaer por la dinámica del capitalismo casi salvaje de nuestros tiempos? ¿Son incompatibles el respeto a la dignidad de la persona y una atmósfera laboral cálida y enriquecedora con la competitividad de clase mundial y el éxito económico de la empresa?
Recientemente, se ha publicado un interesante estudio elaborado por tres investigadores de London School of Economics: Work Life Balance, Management Practices and Productivity . Los investigadores, se dan a la tarea de buscar hallazgos en el mundo real que permitan responder razonablemente a estas preguntas.
Aplicando en 700 empresas de distintos países europeos una serie de herramientas de análisis que correlacionan la calidad de vida en el trabajo con las prácticas gerenciales (directivas) y la productividad, en esencia, lo que encuentran es lo siguiente:
• La calidad de vida en el trabajo no se corresponde directamente a la productividad o competitividad empresarial. Esto es: Hay empresas altamente competitivas con un elevado balance vida/trabajo para sus colaboradores; hay otras también altamente competitivas, pero con un desastre humanitario en su parte laboral; y entre las empresas poco competitivas, unas cuentan con muy buen balance vida/trabajo y otras con uno pésimo.
• No obstante, un elevado balance vida/trabajo suele encontrarse con más probabilidades en la medida que: a) la empresa requiere colaboradores de más elevado perfil profesional y habilidades múltiples, y b) la empresa cuida mucho la calidad de sus ejecutivos de alta dirección.
• En este sentido, los autores establecen la siguiente correlación: Mientras más abierta la economía y más severa la competencia, mejor (más exigente, más profesional, de más calidad) la práctica directiva o gerencial requerida. Y mientras mejor sea la práctica gerencial, mejor tenderá a ser el balance vida/trabajo de los colaboradores de la empresa.
Entonces, primera conclusión: La agresividad del capitalismo actual no es pretexto para desequilibrar el balance vida/trabajo de las personas en la empresa. La competencia no es excusa para hacer del ambiente de trabajo un infierno.
Segunda: Si bien no es garantía que la calidad de vida en el trabajo impactará positivamente la competitividad, en última instancia, no le estorba. La competitividad general de la empresa depende de muchos otros factores, pero, en el peor de los casos, no le viene mal que los colaboradores se sientan más contentos, motivados y comprometidos.
Tercero: El factor determinante para un buen balance vida/trabajo en la empresa, es la calidad del liderazgo dentro de ella. Los buenos directivos, cuidan el ambiente de trabajo y reconocen la dignidad de la persona y la respetan.
Cuidar a las personas, no necesariamente es más rentable. Pero es bueno para las personas. Y no hay que hacer el bien porque sea rentable, si no simplemente porque es bueno. El bien es un fin en sí mismo.
Es perfectamente compatible ser altamente competitivo y plenamente humano. Todo depende de la calidad (técnica y ética) de los directivos.

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