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Por Adrián Ruíz de Chávez

Hace poco, un buen amigo, fundador, dueño casi único y director general de una empresa creciente y próspera, me confesaba: Yo aquí soy el dueño del balón. Y, como los niños, cuando juegan fútbol, si yo digo que quiero ser el portero, yo soy el portero y nada más. Aquí yo hago lo que quiero.

A este planteamiento, yo le respondí que, en mi opinión se equivocaba. Porque, a menos que quisiera terminar jugando “el que mete su gol para” contra la pared, él sólo, si quería obtener el máximo rendimiento de su balón, tenía que, de muchas maneras, someterse a los requerimientos e intereses de los otros que también querían jugar con el balón.

Esta sencilla historia ilustra muy bien el problema fundamental de lo que se conoce como el Gobierno de la Empresa. Existe un viejo principio en el pensamiento social cristiano que se conoce como Doctrina del Destino Universal de los Bienes. El Papa Juan Pablo II lo explicaba de la siguiente manera: Toda propiedad privada tiene una hipoteca social. Esto es, mi propiedad privada, es mía, pero no puedo hacer lo que se me pegue la gana con ella: Estoy obligado a hacer un buen uso de ella de cara al bien común.

Así pues, lo que ocurre con el desempeño de las empresas no es sólo materia que deba interesar a sus accionistas. Lo que pasa o deja de pasar con una empresa es muy relevante, de entrada, para sus clientes (que confían en la empresa para resolver necesidades específicas con los bienes y servicios que ella les ofrece); lo es también para sus colaboradores (sean directivos o empleados diversos) que se incorporan a la empresa para desarrollarse personal, profesional y económicamente (el trabajo humano, la acción personal en la empresa no solamente es fuente de sustento familiar, sino también es centro de plenitud existencial y de autorrealización) ; importa a sus proveedores, cuyos negocios se fortalecen con las compras y relaciones de negocios que se desarrollan con la empresa en cuestión; importa a sus acreedores, a sus aliados estratégicos, etcétera.

Importa muchísimo también para la sociedad en que participa la empresa, lo que ocurre con ella es relevante en términos de generación de empleos, crecimiento económico, estabilidad social, etc. No es casualidad ni exageración aquella expresión que ya citábamos antes, del Presidente de la General Motors ante el Presidente Kennedy: Lo que es bueno para la General Motors es bueno para los Estados Unidos; y lo que es bueno para los Estados Unidos es bueno para la General Motors.

Recuerdo aquel amargo pero certero comentario del expresidente López Portillo: “México es un país con empresarios ricos y empresas pobres”. Quizá algo hayamos avanzado al respecto. Pero es claro que nos falta mucho aún.

Ser empresario es ante todo, asumir una gran responsabilidad. Estamos obligados a dirigir bien nuestras empresas, a gobernarlas prudentemente y hacerlas exitosas en las turbulentas aguas de la competencia global.

Y vale la pena terminar citando a Tomás de Aquino: El hombre que ve por el bien común está viendo también por su propio bien.

Hasta la próxima.






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