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Por Adrián Ruíz de Chávez

Hemos comentado anteriormente en este mismo espacio que un determinante fundamental de la competitividad de las empresas es tanto la definición de su estrategia competitiva como la calidad de su gestión gerencial. Es evidente que detrás de estas dos cuestiones podemos identificar una misma causa raíz: La calidad del dirigente de empresa.

Bien dicen que una empresa termina por ser lo que son los hombres y mujeres que la dirigen. La calidad de los resultados de una organización dependerá de la calidad de las personas con que cuenta y, en particular, de la calidad de su liderazgo y del sistema estratégico de objetivos y políticas que permite hacer realidad la estrategia concebida.

Ahora bien, si en México reconocemos que es necesario elevar la calidad de la gestión directiva de nuestras empresas y, en consecuencia, la calidad de los directivos en ellas, ¿cómo hacerle?

La respuesta a esta pregunta no tiene una respuesta sencilla. Habría qué explorar la naturaleza de la dirección empresarial como un saber que tiene como eje la virtud de la prudencia –la madre de todas las virtudes, dirían los clásicos: La dirección, el arte del buen gobierno, es, en efecto, un saber prudencial, para el que no basta conocer y dominar ciertas técnicas (de mercadotecnia, finanzas, operaciones, tecnología, psicología organizacional o sistemas de información); es necesario tener buen juicio. Y tener buen juicio implica manejar bien la incertidumbre, leer bien el futuro, calcular las oportunidades y amenazas que nos plantea el entorno, influir eficazmente sobre voluntades ajenas (sean nuestros colaboradores, proveedores, clientes, socios o, cada vez con mayor frecuencia, nuestros aliados estratégicos).

¿Cómo mejorar el juicio de negocio? ¿Cómo mejorar nuestro arte de la prudencia para definir y desarrollar mejores estrategias y gestionar mejor la organización?

Un viejo amigo y exitoso director de empresas me dice: “Estudiando y practicando, no hay de otra”. Necesitamos reconocer el valor del estudio, de la reflexión detenida sobre los temas en torno a los cuáles gira la vida empresarial; consultar expertos, revisar textos, apoyarse en las llamadas ciencias de la dirección.

Y vivir la práctica con reflexión. No vivir a todo galope sin mirar por dónde hemos pasado, sin hacer conciencia de nuestros aciertos y errores. Necesitamos voltear. Detenernos, hacer un alto en el camino y capitalizar nuestra experiencia.

Preguntémonos:

¿Qué hemos leído recientemente en materia de negocios y dirección empresarial? ¿Cuándo fue la última vez que conocimos o adoptamos un concepto nuevo, un nuevo modelo de negocio? ¿Cómo andan nuestras innovaciones en la empresa en términos de procesos, sistemas de gestión? ¿Es nuestra empresa una comunidad que aprende? ¿Qué tantos diálogos tenemos dentro del grupo directivo en que realmente reflexionamos lo que estamos haciendo bien y lo que mal? ¿Qué tan dispuestos estamos a explorar con la mente nuevos rumbos? ¿Cuándo fue la última vez que nos paramos en una aula de capacitación sobre estos temas? ¿A quién hemos consultado? ¿Qué hemos aprendido de nuestra propia historia? ¿Y de la historia de los demás?

He aquí el inicio para mejorar como directivos.

Hasta la próxima.

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