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Por Adrián Ruíz de Chávez

En nuestra anterior entrega, comentábamos sobre un rasgo cultural profundo en nuestro México, de condena hacia la empresa privada de negocios, los empresarios y los negocios. Aunque es claro que todo aquél que puede hace algún negocio lo hace, o busca hacerlo si tiene la ocasión.

El rechazo tajante y a priori a la “privatización” (real o interpretada) de lo que sea y la mala prensa que suelen tener los hombres de negocios entre sectores amplios de la población, debe ser materia seria de análisis desde diversas perspectivas, en particular las siguientes: El impacto de estas creencias para el desarrollo económico y social; su impacto en el diseño de políticas públicas; sus connotaciones desde la ética, la antropología y la filosofía política. ¿Es malo ser empresario? ¿Es malo buscar el enriquecimiento personal? ¿Qué ocurre con una nación que en su idiosincracia piensa que ser empresario o buscar el enriquecimiento personal es malo?. Exploremos, aunque sea brevemente, estos temas desde las perspectivas indicadas.

Desde la perspectiva del desarrollo económico y social, lo malo no es que haya empresarios y personas que busquen su enriquecimiento personal, sino por el contrario: Lo que genera horrores es que no los haya. El deseo de enriquecimiento personal se conecta directamente con la autoestima y el deseo de vivir mejor, tanto a nivel personal y familiar, como a nivel de la comunidad en la que la persona se desenvuelve, mueve a querer cambiar la escasez por abundancia, le menos por la más, lo pero por lo mejor, lo incómodo por lo cómodo.

Este impulso personal termina por llevar a las personas a emprender, esto es, a acometer un proyecto difícil pero valioso con la ayuda de todo sus talentos y recursos disponibles.

En la década de 1930, un economista y profesor de la Universidad de Harvard, Joseph Schumpeter, escribía un texto muy importante: Capitalismo, Socialismo y Democracia. En él, Schumpeter señalaba que la base de la prosperidad material de las sociedades (y de todas las implicaciones que esto tiene en materia de desarrollo: Salud, vivienda, educación, esparcimiento, tiempo libre, niveles de bienestar en general) estaba íntimamente ligada a la figura del empresario: El empresario, con su iniciativa y capacidad de asumir riesgos, renovaba mejorando continuamente a la sociedad mediante un proceso de innovación que él denominó “destrucción creativa”: La destrucción creativa es el proceso mediante el cuál, sencillamente, lo mejor va desplazando a lo peor; lo más eficiente a lo menos eficiente; lo más rápido a lo menos rápido; lo más conveniente a lo no tanto.

Se aprecia la destrucción creativa cuando el automóvil desplaza a la carreta tirada por caballos, la bombilla eléctrica (el foco) a las velas, el correo electrónico al telefax, la fotocopiadora a los amanuenses transcriptores de textos, o el procesador Intel Pentium III manda a la basura al 486.

En este proceso de continua destrucción creativa, el empresario contribuye de modo extraordinario al mejoramiento de las condiciones generales de vida, tanto con los bienes y servicios en sí mismos que produce (la vida es mejor porque hay e-mail y lap tops, internet y cámaras digitales, guarderías para niños, Gymboree y automóviles con motores híbridos) como con los empleos que genera, los impuestos que paga, los proveedores que genera y las redes empresariales que activa con su propia acción (desde hoteles y restaurantes hasta escuelas, despachos de asesoramiento, fondos de investigación para universidades y centros de investigación, etc.).

Es claro pues que, desde la perspectiva del desarrollo económico y social, oponerse al empresario y su acción, la empresa, es condenarse a permanecer en el atraso y a la cultura del “a mí que me den”, propia de los pueblos con naturaleza de esclavos.

Por otro lado, desde la perspectiva del diseño de políticas públicas y acciones de gobierno, pensar que una política nacionalista que quiera apoyar a los más pobres y necesitados, deba castigar al empresario y a sus empresas, como parecen indicar las propuestas “de defensa nacionalista” de algunos grupos políticos, es francamente irresponsable.

La evidencia en estudios sobre el desarrollo es contundente: Mientras más facilidades se den al empresario (es decir, a aquél que quiere emprender, desde una peluquería o un pequeño taller, hasta una fábrica que quiera exportar o un agronegocio o un bufete jurídico), mayor será el beneficio para la sociedad: Más sólida será la clase media; menor la disparidad en materia de distribución del ingreso; mejor operará el sistema de contrapesos sociales para evitar abusos de parte de los grupos de poder con mayor peso, más eficiente y abierta será la sociedad.

Si el diseño de las políticas públicas y acciones de gobierno se diseña para favorecer sobretodo a los pequeños y medianos empresarios, abrimos verdaderamente la puerta del cuerno de la abundancia. Me atrevería a decir, incluso, que la burocracia pública contribuiría mejor al desarrollo de la nación, más dejando hacer a los que quieren hacer (los emprendedores, los empresarios) y facilitándoles su acción, que poniéndoles trabas.

Históricamente en nuestro México, por siglos, ha pasado justamente lo contrario. Por eso, triste pero sabiamente se ha dicho que vivir fuera del presupuesto (de la burocracia pública) es vivir en el error (y en el horror): En la burocracia uno está protegido con su pequeño poder, en su pequeño feudo. En la acción empresarial (como empresario independiente), no sólo se sufren los riesgos propios de la empresa y su mercado, sino los embates de la burocracia pública.

Sin duda, qué bonito y cuánto mejor sería nuestro país, si tuviéramos otra legislación fiscal, si nos pudiéramos mover desde la empresa sin esa losa para nuestros flujos de efectivo que son las cuotas del IMSS, si tuviéramos leyes relativas a las materias financieras que facilitaran la obtención de créditos y la inversión de capital de riesgo desde fondos de inversión; si las Afores pudieran invertir en acciones de empresas privadas cotizadas en bolsa, si tuviéramos un mercado de valores adecuado a empresas medianas y aún pequeñas en crecimiento (como es NASDAQ), si pudiéramos movernos en términos laborales con más flexibilidad; etc.

¿Cómo podemos analizar al empresario y su acción desde la ética, la antropología y la filosofía política? A esto dedicaremos nuestro siguiente comentario.

¿Es posible pensar en la empresa privada y en el mundo de los negocios como algo positivo y bueno para el bien común?

Hasta pronto.

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